lunes, 1 de febrero de 2010

LAS DOS FLORES por Javier Oliden

Os presento a Javier Oliden, un compañero de profesión y de pasión que escribe cosas tan maravillosas como estas dos flores.

Os quedaréis con ganas de leerle más. No hay problema, le encontraréis LABERINTINEANDO en su blog.


LAS DOS FLORES

Rodeó la casa hasta el cobertizo y cargó leña en la carretilla. No quiso llenarla hasta arriba pero, aún así, al tratar de levantarla pesaba más de la cuenta. Tensó todos los músculos y la facilidad de movimiento en el costado le recordó que no llevaba ningún arma. La ciudad quedaba a una hora y en el bosque sólo se oían los pajarillos.

La noche anterior había llegado bastante tarde y no encendió la chimenea. La casa seguía ahora fría y oscura, pues ni siquiera había abierto las contraventanas. Colocó en la estufa la leña, y se encendió a la primera. Puso a calentar agua y pensó en ir mientras tanto arriba a por el arma, pero prefirió quedarse junto al fuego. Tomó el café afuera, en el banco de piedra, frente al perfil de las colinas y entre parterres invadidos por toda clase de hierbajos, hasta que no fuese al pueblo para hacer la compra, ése sería todo su desayuno. Había salido de la ciudad con tanta precipitación que no trajo provisiones, y el café lo compró en una gasolinera, mientras esperaba que cierta moto, que temía le estuviera siguiendo, se marchara.

Apuró su café mientras hacía la ronda hasta el depósito de agua, donde comprobó que había suficiente. Al pasar junto a uno de los parterres algo le llamó poderosamente la atención. Estaba, como todos, invadido por hierbajos. Una flor blanca destacaba. Se había abierto haría pocos días, y su exuberancia resaltaba además por el contraste con otra flor, roja y mustia, que a su lado se secaba. Pero aparte de esto no supo con exactitud a qué venía tanto interés, y como llevaba cierta inercia porque iba a abrir las contraventanas, no llegó a detenerse. Una vez la casa quedó correctamente abierta, volvió a pensar en ir a por el arma, y sin embargo se decidió por una segunda taza de café.

Más o menos en ese mismo momento dejaba la ciudad un coche con cuatro hombres en su interior. Apenas se conocían fuera de cualquier asunto relacionado con el trabajo, y se mantenían en completo silencio. Era un coche nuevo, igual que los trajes que ellos vestían. A pesar de ser temprano todos llevaban gafas de sol. El conductor iba exageradamente rápido, pero nadie parecía sorprenderse.

Acabada la segunda taza de café, entró para ver cómo andaba el fuego. Junto a la estufa, en una repisa alta, encontró, bien ordenados, un montón de periódicos viejos, algunos de hacía más de diez años, que no pudo evitar abrir, y durante los siguientes quince minutos se entretuvo ojeando las alineaciones de su equipo favorito, nombres en los que ya nadie pensaba. Después cargó la estufa con buenos troncos de encina.

Cerró la puerta de casa y se dirigió al coche, por lo que tuvo que pasar de nuevo por el parterre con la flor blanca, exuberante.

Esta vez se detuvo y se agachó. Sin duda su olor era penetrante, se deslizaba hasta el fondo de los pulmones con total suavidad.

<<¿Sería eso?>>, se preguntó, <<¿su fragancia?>>.

Concienzudamente, durante diez minutos, despejó el parterre de hierbajos, dejando también la flor roja, que a su lado se secaba.

Encendió su coche descapotable y pensó que quería un desayuno consistente.
En ese mismo momento uno de los cuatro hombres vestidos con trajes nuevos, y con gafas de sol a pesar de lo temprano, que viajaban a toda velocidad en un coche nuevo, recibió una llamada en su móvil, se acercó el aparato al oído e inició la siguiente conversación:
-...
-Coño.
-...
-Coño.
-...
-Ostia.
-...
-Ostia puta.
-...
-Joder.

Después apagó el teléfono, lo guardó en el bolsillo de su traje nuevo, y en el coche continuaron en silencio. En una curva de ciento ochenta grados estuvieron a punto de tener un accidente con el coche descapotable, que venía en el otro sentido. Ellos no sospecharon nada, porque no conocían su coche, y él hubiera podido sospechar algo, incluso unos segundos después se llevaría inconscientemente la mano al costado, para palpar el arma que ni siquiera había cogido, pero su mente estaba ocupada por la misteriosa atracción de la flor blanca y la flor roja. Se limitó a tocar el claxon y a gritar-: ¡Asesinos! –Y el incidente ya lo había olvidado cuando en el bar de la plaza del pueblo daba cuenta de una tortilla de dos huevos, unas tostadas con mantequilla y un zumo de naranjas recién exprimidas, todo mientras repasaba en el periódico la sección de cultura y espectáculos. Una vez satisfecho, compró suficientes provisiones para una semana y el camino de regreso a casa lo condujo pensando siempre en aquellas dos flores.

Finalmente aparcó, cargó con las bolsas y se detuvo en la puerta de la casa buscando la llave en su bolsillo. Pero oyó cierto rumor tras la esquina y se acercó:

-Ostia puta –escuchó, y sintió como por detrás le colocaban una
pistola en la nuca.
-Ostia puta –seguían diciendo adelante.

Le obligaron a arrodillarse con las manos en la cabeza. El que hablaba por teléfono anunció la captura y se mantuvo a la escucha.

Fue apenas un minuto, pero él tenía el parterre a la vista y por fin entendió lo que tanto le llamaba la atención. En realidad era la flor roja la que le resultaba extraordinaria, pues pensó:

- La vida es un misterio, y esta amapola mustia y ya secándose es a su manera tan
hermosa como el lirio exuberante que a su lado se abre, pues por mucho que el rojo de sus pétalos pase desapercibido (ya son más bien casi negros, una sombra, nada), late en ellos la fuerza del deseo, de la que ahora se despide. Para el lirio blanco, suave y perfumado,éste no deja de ser un día que sucede al anterior y precede al próximo, pero para la roja amapola, negra, la conciencia de que es el último hace que todo se revele como siempre fue: Una gran verdad,tan asombrosa que resulta absurdo buscarle explicación y si lo intenta uno más de un instante acaba por sentirse confundido.

El hombre que se mantenía a la escucha guardó el teléfono en el bolsillo e hizo una señal al otro, que disparó. Después inspeccionó el cuerpo dándole la vuelta con el pie, y dijo:

-Vaya, el hijo de puta se fue sonriendo.



---------------------- Rendida a tus pies, Javi ;P --------------------------------

9 comentarios:

J.Lorente dijo...

Vaya, Javier. Debo decir que las historias sobre gangsters, espías y esas cosas no son mis favoritas, pero reconozco que este relato (con su moraleja y todo) me ha agradado mucho.

Me gusta sobre todo la forma en que un personaje, que se nos presenta misterioso (tal vez peligroso), se identifica sin saberlo con dos florecillas solitarias, y cómo al final le desvelan un misterio que le ayuda a sobrellevar su propia Muerte... Muy interesante.

Un Saludo, Javier.
Gracias, Patricia... Siempre es un placer tener noticias tuyas.

Magda dijo...

Me parece que estamos en la Semana de Novela negra y este relato queda muy adecuado, es de negra belleza.

Gracias por ponerlo Patricia.

Igor dijo...

Pedazo de cuento. O cuento negro.

Realmente, lo de la flor lo hace muy distinto, le da un hálito inesperado a una historia tan cruda.
Lo he disfrutado de veras.

jordim dijo...

gran cuento, si señor.

Patricia dijo...

¿Qué puedo añadir? Para mí es todo un honor tener este cuento colgado en mi blog.

Me encanta leerlo y releerlo.

javi dijo...

Gracias por vuestros comentarios. Siempre provoca una especie de tilín el saber que te han leído y han disfrutado. El relato nace de un tiempo que pasé en una masía, cuando a diario me emocionaba con el abrirse de las flores, pero había una que se marchitaba y me fascinaba aún más...

Natxo dijo...

Un gran relato.

Muy bien cuadrado todo.

Gracias por ofrecérnoslo.

Patricia dijo...

Pues Javier, esta afición a contemplar flores marchitándose me recuerda a Rilke contemplando la anémona enferma que no conseguía cerrarse cuando se iba el sol y quedaba así expuesta al horror de las sombras de la noche.

Abrirnos para absorver lo bueno, pero también es necesario cerrarse para protegerse cuando hace falta.

Un abrazo!

Anónimo dijo...

os adoror